El Hiriko: ¿minicoche o maxiderroche?

hiriko_02Hace unos cuantos años atrás, más de diez, un grupo de “gente de negocios” vasco, eso según “denominación oficial”, se propuso la creación de un pequeño cochecito al que llamaron Hiriko que en euskera quiere decir algo así como coche urbano, vamos que no se exprimieron mucho las neuronas para ponerle el nombre.

Lo que si se exprimió fueron los dineros del estado, ya que el cochecito en cuestión le ha costado al bolsillo público la friolera de 17 millones de euros, con los cuales apenas construyeron un prototipo y tenían otro a medias cuando les cerraron el grifo y se les terminó la pasta y por tanto el currillo.

La idea no era mala: el Hiriki sería un pequeño coche eléctrico con una autonomía de 120 kilómetros y una velocidad de hasta 90 km/h (con auto limitador urbano de 50 km/h) que además de no contaminar, era “plegable”, tenía volante háptico (inteligente, con vibraciones que indican la dirección del GPS) y motores independientes en cada rueda.

PHiriko-foldable-electric-car-front-view-02ero la idea del proyecto no se limitaba a fabricar el coche y venderlo sino a proveer las infraestructuras necesarias como estaciones de carga, aparcamientos, talleres, etc. y la gestión de todo ello, o sea una aplicación automovilística del “yo me lo guiso, yo me lo como” pero con financiación estatal y ganancias privadas. Negocio redondo.

La inversión en publicidad sin dudas fue muy importante ya que varios personajes se reunieron en una monumental fiesta en Bruselas en la Comisión Europea, donde a hasta el presidente de turno ponderó el proyecto (de hecho fue quien lo presentó) y unos cuantos se subieron trabajosamente al Hiriko para salir en la foto.

Lo de trabajosamente es una realidad ya que a la hora de la verdad resultó imposible homologar al tal aparatito. Cuando hicieron el intento, parece que les dijeron: con buena voluntad te puedes subir pero bajarte es “misión imposible” y respecto al riesgo de choque, no podemos permitir que se haga la prueba porque no cumple ni siquiera con los mínimos requisitos de seguridad.

Para más inri, además de los despilfarros en cuanto ámbito se nos ocurra buscar, las instalaciones que se usaron fueron remodeladas y acondicionadas con dineros públicos, pero a beneficio del arrendador de las mismas, que “casualmente” era uno de los que manejaban el cotarro del proyecto y repartía las partidas estatales.

El final no por previsible es menos enojoso: el proyecto se fue a tomar por allí mismo, del Hiriko solo quedó un amargo recuerdo (y un prototipo y medio), los dineros se evaporaron, la gente que trabajaba honestamente se fue al paro y tras un juicio, se repartieron “durísimas palabras”, inhabilitaciones varias y alguna que otra multa.

Y a comer perdices.

 

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